jueves, 2 de septiembre de 2010

Capítulo 3: Horrible despedida


C
ONFUSIÓN, odio, rencor… Confusión, odio, rencor… Confusión, odio, rencor… Estas tres sensaciones son las que no paraba de concebir en su interior. Iba una detrás de otra y vuelta a empezar. Estaba cansado de ellas, ya que en general eran las únicas que lo acompañaban todos los días. Quería sentir nuevas, nuevas y placenteras emociones, como alegría, afecto por parte de sus familiares, amor… sobre todo amor. Esa palabra que tanto usa la gente y que sin embargo para él era casi inexistente. Continuamente le asaltaban preguntas del estilo ¿Qué se siente? ¿Qué es exactamente el amor? ¿Cómo sabes que está ahí? ¿Llegaré a sentirlo alguna vez? Era lo que más ansiaba en este mundo: la felicidad. Ser él mismo con la gente a la que quería y no comportarse como un amargado solitario que está siempre cabreado. Buscaba ser aceptado, querido… que no lo controlaran y que no se comportaran como si fuera un bicho raro. No era mucho pedir. A pesar de ello jamás logrará encontrarlo si continúa olvidando a las personas a las que realmente les importa, porque son estas — Margaret y George — las que se lo mostraban todos y cada uno de los días. Algo que Matt era incapaz a percibir pensando en la que no lo trataban como ellos y en qué pasaría si lo hicieran.
   El amor no se busca, se encuentra. Pero si estás concentrando cada una de tus energías en su búsqueda nunca aparecerá porque las cosas surgen cuando menos te lo esperas y la mayoría de las veces está ante tus narices y no te das ni cuenta.
   Matt no podía parar de pensar en esto y en lo acontecido minutos antes. No lograba comprender porque, ¿por qué había pasado? ¿Por qué a él y no a otro chico cualquiera? El muchacho deseaba tener una vida normal y esto quedaba muy lejos de serlo. ¿Una chica salida de la nada? ¿Un mundo rodeado de una espesa y blanca neblina, parado como si se encontrase en un espacio vacío? Ni por asomo era medio normal. Debía de ser una broma porque carecía de lógica alguna. Pero si hubiera sido así… ¿no se lo habrían dicho ya? Además, de gracioso tenía lo que se suele decir poco. Lo sucedido no era algo para tirar cohetes o algo por el estilo. Entonces, en el hipotético caso de que lo ocurrido fuese real y no una intervención “cómica” de nadie cercano o lejano a él, ni si quiera un sueño…
   << ¿Para qué serviría esta piedra? >>, se preguntó pensativo mientras la movía entre sus manos, acariciando con la yema de sus dedos el Sol tallado en ella. << ¿Por qué he actuado de esa manera con George? >>.
   Era su amigo, trataba de ayudarlo y de acercarse a él de nuevo, ¿y cómo se lo agradeció? Gritándolo, enfadándose y culpándolo de inmiscuirse en su vida cuando lo único que hacía era preocuparse por Matt. Se consideraba un mal amigo. El peor amigo de la historia. No se merecía siquiera la compañía de George…
   — ¡Matt, a cenar! — Gritó Margaret, llamándolo desde la cocina, sobresaltándolo y sacándolo de su ensoñación.
   — ¡Voy! — Contestó, guardando la piedra bajo el colchón para evitar, de ese modo, perderla.
   Bajó las escaleras corriendo, sin darse cuenta de la presencia de una persona al lado de su puerta. Continuaba inmerso en sus pensamientos, cosa que le habría gustado dejar a un lado ya que lo único que conseguía con ello era un gran dolor de cabeza y no llegar a una conclusión clara, lo que le frustraba aún más.
   Al llegar a la cocina se sentó en la mesa con una pequeña sonrisa, en su mayor parte fingida, intentando disimular la angustia y la desesperación que le producían aquellos sucesos paranormales o lo que quiera que fuesen.
   — Filetes — comentó Matt levantando una ceja al ver el plato.
   — Si… ¿no te gustan? — Preguntó Margaret preocupada —. Porque si quieres puedo hacerte otra co…
   — No, no, tranquila. Está bien — la interrumpió alargando la sonrisa y se puso a comer. Ver a Margaret preocupándose por algo tan banal como la comida era lo último que deseaba ver en ese día infernal que parecía no querer terminar nunca.
   Mientras tanto, en el piso de arriba, Claudia, que llevaba más de diez minutos esperando a que su hermano saliera de su habitación, entró a hurtadillas en ella evitando hacer el más leve de los sonidos para no delatar su presencia. Tenía curiosidad por saber que había estado haciendo Matt tanto tiempo seguido ahí encerrado sin hacer ruido — algo que según ella era muy raro en el chico porque siempre estaba incordiando aporreando la guitarra o gritando a pleno pulmón canciones sin sentido —, y si no lo descubría cogería alguna de sus pertenencias y la convertiría en suya.
   A simple vista el cuarto de Matt estaba como asiduamente solía estar: desordenado. Pero ese no era motivo suficiente para Claudia para aplacar su búsqueda. Buscó en los cajones del escritorio, de su ropa interior, en el armario, en los estantes — tirando el contenido por el suelo, dejando la estancia hecha un completo desastre — y finalmente se le ocurrió mirar debajo del colchón. ¿Si ella escondía ahí sus cosas de valor quien le debía que su querido hermanito no hiciera lo mismo?
   << ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes? >>, se dijo dándose un suave golpecito con la mano en la frente, con una sonrisa de estúpida empedernida, y se dirigió hacia la cama, donde levantó dicho colchón y comenzó a buscar.
   — Aquí hay algo… — murmuró cuando palpó la piedra con sus enjoyadas manos. La cogió. — ¿Qué es esto? — Preguntó para sí, dando vueltas a la inusual piedra con sus manos que olían a la crema de fresas que Matt tanto detestaba.
   Aquel objeto era tan impresionante… era algo hermoso y hechizante al mismo tiempo. Claudia no podía parar de mirarlo. La piedra, de algún modo, había hecho que la muchacha no parase de mirarla, le resultaba imposible dejar de hacerlo… y a ella no le importaba, le daba lo mismo. Ese extraño objeto había logrado ensimismarla, la había hipnotizado.
   —… y entonces el Sr.Stillman me preguntó dónde estaba su perro, y yo le respondí que no lo sabía y que si bien no me fallaba la memoria, el viejo perro murió hace… unos tres años — Margaret sonrió con cierta tristeza —. Al pobre hombre se le está yendo la cabeza — concluyó con un deje de melancolía en sus palabras.
   A Matt le encantaba conversar con la anciana mujer. Cada vez que lo hacía conseguía sacarle una sonrisa de lo más profundo de su ser. Con ella podía ser él mismo, sin tapujos, sabía que no lo juzgaría y que tendría en todo momento en cuenta su opinión. Además, le alegraba escuchar sus relatos sobre lo acontecido por la tarde o historias sobre su niñez. Le hacía sentir que le importaba a alguien, aunque tan solo fuese a una persona. Se encontraba a gusto al lado de Margaret, tanto, que a veces llegaba a pensar que ella era su auténtica madre. Margaret fue la única que lo quiso igual que a su propio hijo, como si fuera sangre de su sangre, como si hubiera nacido de su vientre. Y lo entendía… lo entendía mejor que nadie.
   Llevaba trabajando para la familia de los Anderson desde poco antes de que Matt naciera. Era una mujer que se hacía querer fuera donde fuese. De pelo blanco, rizado y corto debido al paso de los años, con unos ojos verdes, idénticos al bosque amazónico. Físicamente estaba algo gordita, cuerpo que cubría con vestidos anchos y holgados con colores y formas variopintas, lo que hacía que su expresión fuera más amable y cálida, que se acentuaba todavía más con la sonrisa de oreja a oreja que siempre tenía pasara lo que pasase. El muchacho la adoraba, más que eso: la quería.
   Terminada la cena Matt salió de la cocina despidiéndose de la anciana mujer con un fuerte abrazo. Caminó con lentitud hacia su cuarto, mirando al suelo sin ver nada, absorto en sus pensamientos, enfrascado en lo que tenía pensado hacer al día siguiente. Sin embargo, cuando tocó la manilla de su cuarto, un grito lo sacó de su ensimismamiento.
   — ¡AAAAAH! — La piedra le había producido una fuerte corriente en la mano.
   El chico entró precipitado en su habitación. ¿Quién había gritado? Y lo más importante… ¿qué hacía allí?
   — ¿Claudia? — Preguntó anonadado, mirando su habitación, su desastrosa habitación. Volvió a dirigir su mirada a Claudia, esta vez con una furia que su hermana no había visto nunca. — ¡¿Qué haces aquí?! — Gritó indignado, acercándose deprisa, pero sin correr hacia ella.
   — ¡Encima me gritas! ¡Esta maldita piedra me ha hecho daño! — Aulló, posándola con fuerza en el suelo.
   — ¡Me da igual! ¡Sabes que no soporto que entres en mi habitación, la desordenes y encima me robes! — Se defendió, abriendo los brazos de par en par señalando el desorden que los rodeaba.
   Claudia se quedó allí plantada, sentada de rodillas en el suelo, con los ojos abiertos como platos. Boquiabierta, sin poderse creer como la estaba hablando su hermano, y sin ser capaz a vocalizar una sola palabra coherente por la impresión y porque además sabía que Matt tenía razón. Había quedado como una completa imbécil. A decir verdad, lo que era, — no había mucha diferencia —.
   — No me hables así… — Consiguió decir finalmente, amenazándolo con el dedo índice. — Soy tu hermana mayor, — puntualizó levantándose y elevando la voz — merezco cierto respeto, ¿no crees?
   — Y yo intimidad y una hermana que no sea tan tocapelotas, ¿no crees? — Dijo imitándola con voz chillona — ¡Vete! — Le ordenó, esta vez con su voz, indicando la puerta.
   Claudia, con cara de idiota, se irguió henchida con el poco orgullo que le quedaba, y andó con paso firme hacia esta.
   — Que sepas que no me voy porque tú me lo ordenes, sino porque yo quiero — puntualizó.
   Matt estaba llegando a su límite. Las piernas, puños y labio le temblaban de una forma visible hasta para un ciego. No sabía cuánto tiempo más podría controlarse.
   — Largo… — Ordenó con un hilo de voz, controlándose para no empotrarla contra la pared y empezar a pegarla a puñetazo limpio.
   Rápidamente su hermana salió de cuarto cerrando la puerta con cuidado, chocándose antes contra la pared con los ojos muy abiertos, con un deje de pánico. Presentía que ya no podría volver a meterse con él, puede que incluso a hablarlo en mucho, mucho tiempo. Era peligroso.
   Matt tardó unos minutos en tranquilizarse y cuando lo hizo cayó de rodillas y manos al suelo, respirando entrecortadamente, al lado de la piedra. La miró de reojo durante un rato y cabreado la empujó con todas y cada una de sus fuerzas debajo de la cama. Se sentó, apoyando la espalada en la mesita de noche, las rodillas en el costado y poniendo las manos sobre la cara, agobiado.
   << Este no soy yo. No puedo ser yo. Es imposible. Jamás me he comportado de este modo >>, pensó, conteniendo las lágrimas en sus ojos. << ¿Qué es lo que me está pasando? >>, no pudo evitar preguntarse. La agonía estaba pudiendo con él y aún más la ignorancia y la impotencia de no saber los motivos de su comportamiento con el resto de la gente o de los hechos increíbles anteriormente ocurridos.
   Dejó caer su cabeza contra el suelo, todavía con las manos en la cara, apretando las uñas lo más fuerte posible en su rostro para ver si de esa forma lograba cambiar, volver a ser él mismo. No sabéis cuanto deseaba volver a serlo.
   << Puede que mañana sea diferente… que mejore algo >>, se dijo con la poca esperanza que le quedaba puesta en ese pensamiento, aunque sintiéndolo mucho, lo dudaba…

Había pasado la noche tendido en el suelo, sin poder pegar ojos, dándole vueltas a su actitud y a lo sucedido, buscando alguna explicación a todo ello. Encontró varias opciones, pero muy a su pesar todas eran tan surrealistas que carecían completamente de lógica:
à    La primera: ser el elegido de alguna tribu mágica y tener que salvar el mundo.
à    La segunda: una chica está en apuros y debe ir a salvarla, pues es el elegido.
à    La tercera: tener que luchar contra alguien malvado y poderoso, y vencer para salvar de ese modo a la humanidad de sus maléficos planes…
   … Así todas, menos una, según él la más cercana a la verdad: estar loco.
   Ya eran las ocho de la mañana cuando llamaron a la puerta de su habitación. No contestó. No quería ver a nadie. No quería que nadie lo viera así. Volvieron a llamar, esta vez más fuerte. Siguió sin contestar. Al final la persona que se encontraba detrás de la puerta entró haciendo caso omiso de su silencio, sin darse cuenta de que lo que deseaba en realidad era estar solo.
   — ¿Matt? — Lo llamó una voz dulce y temblorosa. Era Margaret.
   Gruñó. Le daba igual que fuera ella, sino había abierto él la puerta desde un principio era por algo. Necesitaba estar envuelto en la más absoluta soledad, para relajarse y poder pensar con claridad o al menos no pensar en cosas estúpidas sin sentido.
   — Te traigo el desayuno — hubo un breve silencio —. Te lo dejo encima de la cama, ¿vale? — Dijo Margaret con voz melosa y cariñosa, sin embargo Matt no dijo nada, simplemente volvió a gruñir.
   Se moría de ganas por abrazarla, de llorar en su hombro, de contarle todo lo que le pasaba, porque se comportaba de ese modo, aunque ni él mismo lo supiera… pero se contuvo. No quería meter en aquello a la dulce Margaret, y mucho menos que pensara que era un pirado psicópata.
   La anciana mujer se agachó, arrodillándose a su lado y empezando a acariciarle el pelo para poco más tarde pasar al hombro.
   Él seguía conteniendo las ganas de llorar, pero Margaret no fue capaz. No deseaba, no podía ver su rostro lloroso y rojo, sus ojos verdes llenos de lágrimas y su blanco pelo alborotado… no era capaz de verla en ese estado, solo con oírla sollozar se le partía el corazón en mil pedazos. ¿Por qué lloraba? ¿Había hecho algo malo? Porque si era así… jamás se lo perdonaría, ella no se merecía ningún mal.
   — Matt… — Logró decir entre lágrimas — ¿qué te pasa? — Tragó saliva y absorbió la nariz. — Déjame ver tu preciosa cara… tu hermosa sonrisa, como cuando eras un niño pequeño, ¿te acuerdas? Por favor… déjamela ver por última vez… — Rogó, intentando coger con la mano que no estaba apoyada en el hombro del chico las de Matt.
   Se resistió, apretando todavía más las uñas en su blanquecino rostro.
   — No quiero que me veas… — Se negó, con voz ronca, la voz de alguien cuando se está aguantando las ganas de llorar, de escupirlo todo.
   — No me hagas esto, Matt… No te despidas de mí así… No quiero que esta sea la última imagen que tenga tuya… Te lo ruego, Matt, por favor…
   ¿Qué? ¿Despedirse? ¿Por qué? No podía irse y dejarlo solo junto a semejante familia, no podía soportar el hecho de sentirse absolutamente solo, escondido en la más oscura tristeza… No podía, simplemente no podía marcharse.
   — No te vayas — imploró Matt sin poder contener ni un solo segundo más las lágrimas en sus ojos, perdiendo ante la impotencia —, no me dejes…
   Sollozando, Margaret agarró con fuerza el cuerpo del muchacho y este último la imitó. El tiempo se le antojaba caprichoso, cada vez pasaba más y más rápido por lo que el momento de la marcha de la persona a la que más quería en este mundo se acercaba, algo que intentaba evitar a toda costa abrazándose más fuerte al cuerpo de la mujer.
   — ¡¿Por qué te vas?! ¡No puedes dejarme! ¡NO! ¡Ahora no! — Chilló indignado, rogándole a Margaret, apretándola contra si con mayor fuerza, casi ahogándola. — ¡Te necesito a mi lado! ¡Por favor, no te vayas! No me dejes…
   — ¡Margaret, tu taxi ya está aquí! — La llamó Stephanie desde el piso inferior.
   ¿Taxi? ¿Se iba ese mismo día? ¿En ese mismo instante? No podía, no podía irse, Matt estaría perdido sin ella, no sabría qué hacer si no estuviese a su lado… ¿En quién confiaría ahora que Margaret ya no iba a estar? ¿Cómo iba a vivir sin una madre? ¿Cómo podría llegar a superar este duro golpe?
   — Me tengo que ir — afirmó ella para sí, intentando separar los brazos del joven de su cuerpo —. No hagas nada de lo que te puedas arrepentir — le aconsejó, mirándolo fijamente a los ojos. — Sé fuerte. Tú puedes con esto y mucho más, ¿vale? No te derrumbes ahora — lo animó, enjugando las lágrimas del muchacho —. Vas a tener que luchar mucho a lo largo de tu vida, puede que incluso más que ningún otro.
   Matt ignoró lo que dijo, su cerebro no era capaz a procesar nueva información, se había quedado en estado de shock y no paraba de repetirle: << Margaret se va, Margaret se va. Te vas a quedar solo >>.
   — ¿No puedo ir contigo? — Le suplicó.
   — Ojalá pudieras… pero no soy tu madre — arrugó el entrecejo, cerrando los ojos con fuerza.
   — ¡Es como si lo fueras!
   — ¡No, Matt! No puedes… debes quedarte aquí, con tu familia, cuidando de ella. Solo tú puedes hacerlo — el muchacho abrió los ojos sobresaltado, mirando a la anciana mujer confuso.
   — ¡Tú eres mi familia!
   — ¡Margaret, baja ya! — La volvió a llamar la madre de Matt, impaciente — ¡El contador corre!
   — ¡Voy! — Volvió la mirada hacia el rostro lloroso del chico. — Cuando me vaya cúrate estas heridas — se las tocó con sus yemas crispadas —, estás sangrado… aunque seguramente no te haga falta.
   Sus últimas palabras no tenían sentido, ¿qué quería decir con eso? “Seguramente no te haga falta”. La comprensión de aquella frase quedaba fuera de su alcance, por más que lo intentaba o lograba encontrarle el sentido… lógico, por supuesto, porque su se hubiera puesto a pensar, como antes, en cosas mágicas e imposibles se le hubieran ocurrido bastantes. << ¡Basta! >>, se dijo, << ¡Basta ya de estupideces, Matt! No puede ser eso, es remotamente imposible >>.
   — Adiós, cariño — se despidió Margaret, acariciándole suavemente la mejilla, aprovechando que en ese momento había disminuido, el chico, la fuerza del abrazo. — Te echaré de menos, no sabes cuánto… — Se levantó y caminó rezagada los pasos dados al entrar para esta vez salir.
   Un pitido de oídos y un dolor insoportable de cabeza se hicieron presentes dentro de él, produciéndole más frustración e impotencia. Se había quedado petrificado en el sitio, incapaz de moverse. No podía creerse que se hubiera ido, Margaret se había marchado para no volver y jamás la vería de nuevo. Se tapó con las manos las orejas y con fuerza cerró los ojos.
   Suena el golpe de un maletero y el de una puerta al cerrarse, tiempo después el chirriar de las ruedas de un coche sobre el asfalto…
   … Se había ido. Lo había dejado abandonado como a un perro en la calle, dejado a su suerte con esa asquerosa familia que tenía. Nunca más sentiría otra vez la calidez de un abrazo a la sensación de seguridad que le producía la anciana mujer… Nunca más.
   — ¡¡NOOOO!! — Gritó a pleno pulmón, un grito lleno de ira y agonía, levantándose con las energías renovadas.
   La ira aumentó. Perdió completamente el control. Ya no era dueño de su cuerpo, ya no controlaba ni el más mínimo de sus actos, era como si el mismo demonio lo hubiera invadido, haciendo que sin pensárselo dos veces cogiera la silla de su escritorio y la tirara por la ventana, rompiendo el cristal en pedazos. El aire de la calle penetró en la habitación, hondeando ligeramente sus cabellos rubio ceniza, al igual que la luz de la mañana que hizo más presentes las gotitas de agua que caían de los verde-azulados ojos de Matt, el cual se asomó, clavándose los trozo de cristales que no se habías desprendido del marco, sin importarle el dolor, ni la sangre que comenzaba a manar de las palmas  de sus manos, y aulló tan fuerte que todos los vecinos salieron, como una manada de lobos al oír la llamada del macho alfa.
   << ¿Cómo puede estar un sol como este en cielo en un día tan oscuro como este? >>, se preguntó. << ¡¿Cómo pueden haber echado a Margaret esos miserables que tengo como padres?! >>.
   La gente de la calle se había quedado atónita, sin saber qué hacer. ¿Debían llamar a la policía o esperar a averiguar lo que pasaba con exactitud? Escogieron la segunda opción y preguntaron a Andrew y Stephanie, que se encontraban en la puerta principal, los cuales seguramente pusieron cualquier excusa menos la verdadera para no hundir de golpe su reputación por culpa de su insensato hijo.
   Matt giró la cabeza a un lado y vio un trozo de tarta de chocolate — su favorita — con una vela con el número dieciocho encima. Era de Margaret. La única que se acordaba de su cumpleaños — a excepción de George —, la que todos los años le hacía su postre favorito… la que se preocupaba de que ese día fuera especial. ¿Quién se acordaría entonces? En todo caso George, pero no sería lo mismo.
   Y de la tarta, su mirada se posó en una carta que había a su lado. Por un momento una ola de esperanza abatió contra él. La cogió y comenzó a leerla con una pequeña sonrisa llena de ese sentimiento.
   Decía lo siguiente:

Querido Matt:
   Antes de todo quiero que sepas que te he llegado a querer como al hijo que nunca tuve, más bien eres ese hijo.
   Sé que decírtelo no te ayudará mucho y me es imposible contártelo en persona porque se me haría mucho más difícil separarme de ti: eres lo mejor que me ha pasado en esta vida y me pregunto si aparecerá alguien que llene este enorme vacío que me quedará en el corazón cuando me vaya — eso espero, sinceramente —.
   ¿Por qué me voy?, querrás saber. Es muy simple: firmé un contrato con tus padres que solo es válido hasta que tú cumplas la mayoría de edad. Parece que fue ayer cuando te cogí por primera vez entre mis brazos… no me puedo creer que ya haya llegado el fatídico día en el que nos separemos… ¡El tiempo se ha pasado volando! ¿No crees?
   Jamás podré olvidarme de ti. Por favor, cuídate y sobretodo, sé feliz.
   Te quiere y siempre te querrá
Margaret
   PD. Sé que sabrás que hacer.

Las lágrimas de Margaret se veían con total claridad en la carta, al igual que la sangre de las heridas del joven, cuyas manos ensangrentadas la habían ensuciado dejando en ella sus huellas dactilares. Posó la carta entristecido encima de la cama. Derrumbado volvió a mirar la tarta, la cogió y la guardó en una caja debajo de su cama, acto seguido hizo lo mismo con la nota. Deseaba tener algo que hiciera constancia de su presencia, de que realmente existió. No quería olvidarla bajo ninguna circunstancia… Y así, hundido en su melancolía y ahogado en la tristeza no pudo evitar pensar << ¿Por qué no he podido irme con ella? Soy mayor de edad, ¿por qué? >>. No encontró respuesta alguna a esa incógnita que asaltaba su mente.
   Bajó al piso de abajo tiempo después, como si en un fantasma se hubiera convertido. El odio asomó sus siniestras garras de nuevo cuando, en la entrada principal, oyó decir a su padre…:
   — Menos mal que esa chacha ya se ha ido. Estaba empezando a cansarme de esa vieja — sonrió de forma malévola, encantado con su marcha.
   No fue capaz a controlarse. Esta vez no. Fue demasiado. Los temblores volvieron a invadirlo por lo que, enfurecido y sin control ninguno, saltó encima de su padre, tirándolo al suelo. Andrew gritó. El rostro de Matt se contorsionó cambiando por completo su expresión angelical por una irregular y grotesca, asustando también a Claudia y Stephanie, las cuales se encontraban al lado de la escena.
   Un rugido espeluznante salió de su boca, impresionándose incluso a él mismo. Un ser monstruoso habitaba en el cuerpo de Matt, un monstruo bañado en ira, odio y resentimiento que pegó a Andrew un puñetazo en la cara, dejándolo de ese modo inconsciente. Ignoró ese hecho.
   — ¡No digas eso de Margaret! — Le chilló a su padre al oído agarrándole el cuello de la camisa. — ¡No te atrevas a mancillar su nombre! ¡Ella ha sido mucho más que tú y Stephanie juntos! ¡¿Me oyes?! ¡Mucho más!
   Se quitó de encima del hombre desmayado el doble de cabreado y rojo de furia. El monstruo no se sentía satisfecho, necesitaba más. El muchacho miró a las dos mujeres con los ojos inyectados en sangre pero a la vez llorosos y fuera de sus órbitas, y con mano temblorosa las señaló, conteniendo al ser que vivía en él.
   — ¡Y vosotras tampoco! — Amenazó — ¡No quiero que ni la mencionéis! ¿Ha quedado lo suficientemente claro?
   Ambas asintieron atemorizadas, abrazadas entre ellas, cosa que nunca antes habían hecho.
   La sangre de Matt se había quedado impregnada en la ropa y en la mejilla morada de Andrew, ya que las heridas infligidas inconscientemente no se habían curado, debido a ello continuaban sangrando, menos que antes, pero seguían.
   Matt se miró las manos horrorizado por lo que había hecho. Volvía a ser él, el monstruo inquieto rebosante de ira lo había abandonado, ya había cumplido su función. Se daba miedo a si mismo. Si había llegado a hacer aquello con la marcha de Margaret no quería ni imaginar lo que llegaría a ser capaz de hacer si a algún ser querido le llegara a pasar algo malo.
   Entró en el baño rápidamente — pasando al lado de Stephanie y Claudia, que se apartaron para que no las rozara siquiera, — dando un portazo que casi rompe la puerta, la cual cerró con el pestillo para que nada ni nadie lo molestase. En él se limpió la cara y las manos a la vez que se quitaba los trozos de cristales todavía incrustados en su piel. Misteriosamente no le dolía. La sangre iba cayendo por el desagüe poco a poco, despacio… muy despacio. Parecía una tortura. El líquido rojo que caía por el lavabo y se quedaba pegado a su alrededor le recordaba lo que acababa de hacer minutos antes. Cierto, no portaba la ida de la anciana mujer, ni los comentarios inoportunos que su “familia” hacia ella, pero no eran suficientes motivos para justificar porque hizo lo que hizo.
   Abandonado de toda fuerza y esperanza se dejó caer al suelo dándose un golpe bastante fuerte en espalda y cabeza con la bañera de mármol blanco, quedando así inconsciente, que era lo más parecido a estar muerto. El golpe le provocó una brecha en la frente, pero al estar en el estado en el que se encontraba no lo sintió, por lo que no le dolió. Ya lo haría mañana o cuando quiera que se despertase, al igual que la culpabilidad llenaría todo su ser.

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