martes, 3 de agosto de 2010

Capítulo 1: Matt

E
RA un día lluvioso… los coches circulaban por la carretera con estrepitoso ruido. El perro del vecino ladraba cada vez que alguien pasaba cerca de la casa en la que habitaba — aunque los residentes de ese barrio ya estaban acostumbrados a los constantes ladridos del animal —.
   Matt, como todas las veces que hacía ese tiempo tan oscuro y deprimente, se encontraba sentado en el alféizar de la ventana viendo a través de ella las monótonas acciones de los habitantes de su barrio: los vecinos de alta edad hablando entre ellos bajo los paraguas. El señor Warren paseando a su Doberman mientras aprovechaba el paseo para hacer footing. La señora McClosky, la vecina de al lado, arreglando su perfecto y espléndido jardín de rosas con un enorme gorro de paja que tapaba su arrugado y amable rostro y que al mismo tiempo evitaba que se mojara… Llevaban a cabo su rutina a pesar del temporal que hacía, en lugar de aprovechar a descubrir cosas nuevas que dieran un sentido mayor a sus vidas. Pero tal vez para esos seres que observaba en la calle su vida ya tuviera el suficiente sentido y que fueran felices tal y como era… En cierto modo los envidiaba, a pesar de que para él fuera lo de siempre. Exactamente como todos los días. Irremediablemente aburrido. Ellos tuvieron, tienen y tendrán lo que Matt más deseó y que sin embargo no tenía: el amor de una madre y el afecto de un padre.
   Al muchacho le resultaba frustrante que hiciese tan mal tiempo, ya que si no hubiera sido así podría haber quitado la monotoniedad — aunque solo fuese por un par de horas — a ese día practicando surf, un deporte que adoraba y que le hace sentir que solo existían él, su tabla y el mar… Por lo tanto, cogió la guitarra española que tenía enfrente, de un tono marrón claro, en la cual tiene grabada con una letra pulcra y estilizada en la parte derecha de abajo en la misma madera la palabra “Libertad”. Esa libertad que tanto ansiaba tener y que solo llegaba a alcanzar cuando tocaba el instrumento, cuando sus blanquecinos dedos rozaban las cuerdas y con ellas creaba música.
   La verdad, no le importaba que fuese algo parecido a una rutina tocar un instrumento y mucho menos cuando adoras hacerlo.
   Matt, gracias a la guitarra, conseguía expresar como se sentía en el momento que la tocaba cantando lo primero que se le venía a la cabeza al ritmo de la música y de ese modo sentirse, de alguna manera, como un pájaro sobrevolando el cielo sin limitaciones. Feliz como una niña pequeña a la que le acaban de regalar una piruleta.

One minute alone                                                    One minute alone
looking through the window                                    looking through the window
every day is the same                                              every day is the same
it doesn’t wanna change.                                        it doesn’t wanna change.

I’m waiting                                                              The sun disappears and I stay alone   
waiting for the night                                                in this empty room
and for the white clouds                                          darkness and lonlyness.
highlighting in the sky                                             Every time that this happen
with his color, touch and sponginess                      I lie on my bed,
and see how for every second                                 I close my eyes and I say:
cry and cry                                                              “Goodbye”.
droplets of sweet water
fresh, refreshing…
one better than the previous
and each of them
unique and valuable.

   — ¡Maaatt! — Gritó Claudia, su pesada hermana mayor, a la vez que entraba en su habitación — ¿Quieres dejar de hacer ruido? Tengo visita y estoy ocupada — dijo, poniendo énfasis a las tres últimas palabras. Levantó una ceja y le miró como si no hicieran falta más palabras que esas para que él se diera cuenta de lo que ella estaba haciendo.
   ¿Visita? ¿Quién sería esta vez? ¿El hijo del quiosquero? ¿Del fontanero? ¿El propio fontanero? No lo sabía y sinceramente le daba igual. No quería inmiscuirse en la vida privada de su hermana más de lo necesario porque estaba seguro de que si lo hiciera acabaría odiándola aún más. Así que el muchacho se limitó a hacer suposiciones: se habría jugado el cuello a que esa visita sería otro pobre chico seducido por Claudia que no sabía donde se estaba metiendo. Estarían un mes comiéndose la boca como si no hubiera otra cosa, “el amor está en el aire” y toda esa mierda, después llegaría la fase de los celos en la que Claudia acusaría al chico en cuestión de ponerle los cuernos porque le ha visto hablando con otra chica que no era ella y por último un par de días deprimida, le sería infiel ella a él y romperían. Más tarde ésta se buscaría otro muñeco al que manipular para saciar su pena.
   A su hermana se le daba de maravilla montar el paripé, le encantaba ser el centro de atención y cuando no lo era se encarga ella personalmente de que ocurriera algo para volver a serlo. Y en cuanto a sus relaciones con los hombres… supongo que ya os la habréis imaginado. Se limitaba a ser de la siguiente manera: coge uno, lo usa, lo tira y va a por el siguiente. Los trataba igual que a los pañuelos de papel; Matt se compadecía del pobre chico que había caído en las garras de Claudia y que estaba en el cuarto de ésta. Le daba mucha, mucha pena.
   — Querrás decir que tu boca está ocupada — aclaró Matt con un tono despectivo, afinando su guitarra —, o cualquier otra parte de la anatomía de tu cuerpo — concluyó.
   Claudia lo miró con ira. Parecía que intentaba lanzarle algún sortilegio que le hiciera entrar en llamas o convertirlo en un sapo horrendo. Pero pronto desistió al ver que su hermano ni se inmutaba, que pasaba de ella olímpicamente. Desistiendo del vano intento de que Matt le prestara cada partícula de su atención soltó una risa ahogada y llena de orgullo dijo:
   — Esta vez te lo paso, pero no quiero que me vuelvas a hablar así —, él asintió como si le importara lo que acababa de decir. Se despidió con un leve movimiento de muñeca y sin mirarla susurró un “adiós” burlón con las cejas levantadas.
   Claudia le dirigió una mirada fulminante y salió, altiva, de la habitación. No soportaba que nada ni nadie la tratara así, como si no fuera importante, como si no fuera el centro del Universo. Eso desquiciaba a Matt. No aguantaba a la gente como su hermana o como su madre que solo buscaban el bien propio y jamás ayudaban a nadie, ni siquiera a una pobre ancianita a cruzas la calle. ¡Las detestaba!
   Cuando la puerta chocó contra el marco provocando un ruido ensordecedor, el chico volvió a mirar por la ventana empapada por las gotas de lluvia, la cual caía cada vez con más fuerza convirtiendo ese día en el día más deprimente de la semana. Añoraba el Sol, el calor de los rayos sobre su pálida cara, el suave tacto de la arena en sus manos, la humedad sobre todo su cuerpo, el roce del agua fría del mar en sus pies y la sal de éste en su lengua… Suspiró. Añoraba tantas cosas… incluso las que no tenía y nunca había tenido y con las que únicamente podía permitirse soñar… como el abrazo de una madre preocupada por su hijo enfermo, jugar al baseball con un padre que deseara pasar más tiempo con su “pequeño grandullón”, hacer travesuras con una hermana que se divirtiera a su lado… Añoraba tantas cosas que eran inexistentes en su vida…
   Paulatinamente el agua cesó de caer del grisáceo cielo dando paso a una blanca y espesa niebla. Extraño. ¿Qué había pasado? << Es imposible que haya parado de llover tan de repente >>, pensó Matt, impactado. Se puso de rodillas en el alféizar y colocó sendas manos sobre el empapado cristal…
   … Silencio. En ese momento solo se oía el silencio. Ni el revolotear de los pájaros, ni el ladrido de los perros, ni el fulgor de las olas chocando con las rocas de los acantilados… Nada. Era bastante inquietante. Hacía que los músculos se tensaran e impedía el movimiento de las articulaciones a causa del pánico que este silencio producía…
   … Frío. Un frío glacial. El aire que el muchacho expulsaba por la boca se convertía en vapor y sus manos estaban entumecidas debido al frío inhumano que se había apoderado de su cuarto, aún colocadas sobre el cristal incapaz de moverlas. Era como si la piel se hubiera transformado en hielo y se fuera despegando poco a poco del cuerpo.
   — ¡Margaret, el termostato! — Articuló. Solo consiguió articular. Ni el más leve atisbo de sonido salió de su boca.
   Ahora si estaba asustado. Mucho más que eso… horrorizado, terriblemente horrorizado. Matt continuamente se había ceñido a la ciencia, a los hechos que ésta iba demostrando al cabo de los años, en los avances que se producían… Nunca había creído en la magia o en los poderes sobrenaturales… en nada que se asemejara a hechos fantásticos — por este motivo no leía novelas de ciencia ficción, ni veía películas de este campo. Le parecían absurdas —. Sin embargo estaba ocurriendo algo son explicación alguna delante de sus narices. Algo que no era capaz a demostrar ante nadie porque no lo creerían. Seguramente pensarían que estaba loco o que había sufrido una alucinación.
   << ¡Exacto! Una alucinación, solo es eso. Esto es un sueño. Cerraré los ojos y cuando los abra estaré tendido en mi cama y todo habrá vuelto a la normalidad >>. Pero no fue así: el cuarto seguía tal y como estaba hace unos segundos.
   Apartó la mirada lentamente de la ventana, aterrado por lo que pudiera encontrarse, y la dirigió hacia el interior de su habitación. La niebla había penetrado en ella. Tenía la sensación de que el corazón se le iba a salir del pecho. Los latidos cada vez eran más fuertes y veloces. ¿Qué estaba pasando?
   Inhóspitamente un recuerdo se le vino a la mente. Era un recuerdo de cuando tenía un año aproximadamente: Matt estaba en su cuna, como cualquier niño de su edad a medianoche, durmiendo plácidamente, hasta que de pronto un frío sobrecogedor salido de la nada se apoderó de la habitación y un silencio que no pertenecía a este mundo se acopló en la misma. El niño comenzó a llorar, el frío y el silencio lo despertaron, atemorizándolo, pero no lo oían, ni él mismo era capaz de oír sus incesables llantos, lo que provocó que su lloro aumentara. El pobre bebé estaba desesperado, nadie venía a rescatarle, a cogerle en brazos y mecerle para hacerle saber que no estaba solo. Sin embargo, las lágrimas dejaron de caer de sus enrojecidos ojos verde-azulados cuando oyó una dulce voz diciéndole…
   << Ven… >>
   Matt salió de su recuerdo como si lo hubieran echado de un empujón cayendo de rodillas al suelo las cuales comenzaron a dolerle, pero el malestar no era tan grande como la consternación que lo abrigaba en esos instantes.
   Un sudor frío comenzó a caerle por la frente y la respiración del muchacho se tornó entrecortada. ¿Qué había sido eso? No, no podía ser real. El miedo lo había abrazado con sus negros y largos brazos, asiéndole con fuerza para no dejarlo marchar.
   << Ven… >>
   Lo llamó la misma voz de antes esta vez en la vida real. Se trataba de un susurro apenas audible pero que sonaba en toda la estancia acallando al silencio que la reinaba. Un susurro lejano de mujer… suave y dulce, grave y leve.
   << Ven a mí… >>
   Repitió aquel susurro. Un escalofrío le recorrió el cuerpo por el simple hecho de haberlo escuchado. El chico no lograba entender nada. ¿Quién lo estaba llamando? ¿Qué quería de él?
   Matt cerró los párpados diciéndose para sí: << Despierta, despierta, despierta, ¡despierta! >>. No paraba de repetirlo. Deseaba que aquella situación sin sentido terminara ya, ya que se había sumado al terror y a la incomprensión una especie de mano invisible que le agarraba el estómago provocando que los nervios salieran a flote.
   << Ven… Ven a mí… >>, dijo de nuevo el susurro.
   ¿Es que acaso se estaba volviendo loco? ¿Era esto una broma pesada de su hermana como venganza por su indiferencia hacia ella? Porque si así era no tenía ninguna gracia…
   … Oscuridad.  De repente la habitación se sumió en la más negra oscuridad. De rincón a rincón, sin dejar espacio para la luz, enemiga de ésta, salvo la que procedía de la ventana que a pesar de todo era muy leve, mortecina, casi invisible. Matt se levantó lo más rápido que pudo y volvió a sentarse en el alféizar dirigiendo su vista hacia ese único punto de luz. La niebla fue dispersándose poco a poco, pero no del todo, aunque si lo justo para poder ver lo que sucedía en la calle: la gente estaba parada completamente, petrificada. Ninguno de ellos se movía, no existía el más mínimo de los movimientos. El tiempo se había parado para todos, salvo para él.
   Definitivamente lo ocurrido hasta el momento tenía, debía ser un sueño. Nada de esto podía ser cierto, era imposible. Volvió a intentar salir de la pesadilla en la que se hallaba envuelto. Probó a cerrar los ojos y a esperar otra vez. Pero no funcionó. Probó a pellizcarse. Pero no funcionó. Probó a darse golpes en la cabeza contra el marco de la ventana. Pero de nada sirvió. No se despertaba, no lo conseguía y era lo que más ansiaba en esos instantes: despertar. ¿Pero cómo? No encontraba ningún otro medio para volver en sí y no estaba dispuesto a asumir que lo que estaba pasando era real.
   << Relájate… Relájate… >>, se decía para calmar los nervios que le estaban comiendo las entrañas. Inspiró… Espiró… Repitió el proceso varias veces hasta que notó que se encontraba mejor. << Un sueño, solo es eso un… >>, algo interrumpió sus pensamientos. La niebla en un punto concreto del exterior se había oscurecido obteniendo la forma de una persona, de una mujer que iba avanzando en dirección a su casa con pasos lentos y elegantes.
   Era una muchacha de cabellos castaños y rizados con una diadema de oro reluciendo en su cabeza con diamantes rojos incrustados en ella. Llevaba un vestido blanco, semejante a la nieve, con los hombros al descubierto y las mangas las llevaba arrastrando por el suelo y el mismo vestido le caía desde los pechos hasta el asfalto. Su cara, cubierta por una piel morena que contrastaba con la empalidecida niebla y con el resplandeciente vestido, estaba medio tapada por su cabello y solo dejaba entrever uno de sus ojos color marrón, una nariz recta y unos labios perfectamente carnosos. Parecía una princesa… la princesa más hermosa que Matt jamás había visto. Era bella, elegante, perfecta…
   De repente la sensación de vacío que lo invadió cuando descubrió que a efectos prácticos era el único superviviente del planeta, desapareció. Había alguien más con él y no una persona cualquiera, no, estaba ella, esa chica surgida de la nada hacia la cual Matt sentía que la conocía de toda la vida. No eran desconocidos sino que eran dos viejos amigos reencontrándose.
   << Ven… Ven a mí… >>
   Al fin el muchacho supo de donde procedía aquel susurro y de quien era. Salía de los labios de aquella magnífica mujer que alargó el brazo extendiendo la mano con una dulce y torcida sonrisa más llamativa aún debido a la mirada enloquecedora llena de brillo y seducción con que lo observaba…
   Matt ya no era consciente de sus actos desde que sus ojos se encontraron con los de la hermosa chica. Estaba completamente a su merced. El iris del joven había pasado de ser verde-azulado a gris, siniestra y absolutamente gris, como la niebla que cubría la calle, y su mirada estaba perdida… perdida en la nada.
   << Ven… Ven a mí… >>
   Le flaquearon las piernas pero pronto comenzó a andar en la dirección en la que se encontraba la misteriosa doncella sin perder el equilibrio, igual que una marioneta pendiente de unas cuerdas invisibles manejadas por un ser sin nombre.
   Pasó al lado de la habitación de su hermana que tenía la puerta entreabierta y se podía vislumbrar que estaba tumbada en la cama con un chico — no sabría decir quién — encima de ella. Bajó las escaleras y al llegar al pasillo pasó justo al lado del salón, que se situaba a la izquierda, donde estaba la egocéntrica de su madre haciendo ejercicio en la bicicleta estática mientras veía su serie matutina con los cascos inalámbricos. Y finalmente se encontraba ante la entrada principal de madera de castaño, la cual abrió para encontrarse a pocos metros de la espléndida chica.
   En la calle no hacía calor, ni tampoco frío. El tiempo atmosférico se había parado también, aunque Matt no se dio cuenta de ello — novedad que seguramente le hubiera puesto más histérico de lo que ya estaba — debido al estado en el que se encontraba inmerso.
   << Ven… Ven a mí… Ven… Ven a mí… >>
   Repetía cada vez más rápido y grave, sin cesar. La voz, a medida que avanzaba, era más cercana y Matt se sentía mucho más atraído a ir, a estar cerca de ella, de esa joven que continuaba con la mano extendida y con aquella mirada sumamente libidinosa, más nerviosa que antes porque el muchacho ya estaba casi a su lado, pero manteniendo la misma postura firme del principio con un deje de erotismo a la vez.
   << Ven… Ven… Ven… >>, coreaba ansiosa.
   Ya quedaba menos… Tres metros… Dos metros… Un metro… Matt alargó lentamente el brazo hasta que ambas manos se rozaron — la de la muchacha cubierta por la seda de la que estaba fabricado su vestido —, y una centelleante luz cegadora absorbió todo lo que se encontraba alrededor, inundando cada esquina, cada camino, cada casa… absolutamente nada quedó fuera de su alcance.
   Cuando Matt quiso darse cuenta de lo que estaba sucediendo su vida había vuelto a la normalidad: ya no llovía, la niebla se había extinguido, el frío dio paso a un calor asfixiante, el silencio ya no existía… volvía a haber movimiento. Todo era normal de nuevo, exceptuando una cosa que no encajaba: tenía una piedra perfectamente redonda con un Sol amarillo con rayos naranjas tallado al milímetro en tres dimensiones… La miró con incomprensión, moviéndola entre sus blancas manos. Seguía anonadado y con la boca ligeramente abierta. ¿Qué había pasado? ¿Cuándo había salido a la calle? ¿Cómo había llegado esa piedra a sus manos si tan solo había sido un sueño? Entonces, para su desgracia, comprendió que no servía de nada autoengañarse… << Ha pasado >>.
   — ¡Matt, tío! — Lo llamaron a voz en grito, sacándolo de sus cavilaciones tiempo más tarde.
   La voz que lo reclamaba provenía de George, su mejor amigo. El único que lograba o al menos intentaba comprenderlo. El único al que le daba igual sus rarezas. El único que se preocupaba por él en todo momento. El único al que le importaba por encima de todo sus sentimientos. Era un amigo de verdad… Lo quería como al hermano que tanto ansiaba tener y que sin embargo nunca tendría.
   Era un chico de metro ochenta aunque no muy musculoso — el deporte no era su punto fuerte —. En varias ocasiones había intentado practicar uno pero siempre lo acababa dejando. A pesar de su inestabilidad en lo que se refiere a este mundillo se mantenía fiel a su afición por la tecnología y a dar vida a ideas disparatadas que lo más seguro es que no se fueran a realizar nunca.
   Sus ojos eran marrones oscuros y su piel tenía un tono ligeramente moreno. Su pelo era una mezcla entre rubio y negro azabache que siempre llevaba corto y bien peinado con un toque personal, al contrario que su amigo.
   Podía llegar a decirse que fue uno de los chicos más populares, a pesar de que él aborreciese serlo y lo evitara a toda costa. No soportaba que lo siguieran como a un perrito faldero y que lo imitaran en todos los aspectos existentes — vestuario, forma de caminar, hablar… — para que de ese modo pudieran sentirse a gusto consigo mismo como lo era su “ídolo”. Le producía lástima.
   Rápidamente Matt, con cierto nerviosismo, metió la piedra en el bolsillo delantero del pantalón vaquero que llevaba puesto y lo habló como si en realidad no le hubiera pasado nada, aunque resultara difícil de ignorar.
   — ¡George! ¿Qué tal? — Lo saludó con una media sonrisa, intentando que el miedo y la amargura que sentía en esos instantes no se hicieran presentes en su rostro ni en su voz.
   Choque de manos: arriba, abajo. Hombro izquierdo con derecho, derecho con izquierdo. Su saludo. Simple y poco original, “creado” cuando tenían cinco años. A decir verdad la época más feliz de su vida debido a que pasó la mayoría de su tiempo George y no veía, técnicamente, a su familia y su madre no estaba tan distante. Un regalo caído del cielo se podría decir, puede que incluso más que eso: un milagro, uno de los que se frecuentan en muy pocas ocasiones.
   Sus amos de oro se dieron por finalizados cuando empezó el segundo curso en la escuela de primaria, ya que Stephanie, por alguna extraña razón, empezó a “preocuparse” por él, aunque más bien le privó de la libertad de la que había gozado hasta entonces sin motivo remunerado alguno. A día de hoy sigue sin saber el porqué de ese cambio tan repentino en su actitud. Eso sí, todo hay que decirlo, esa etapa de “madre protectora” llegó a su fin tan rápido como llegó y volvió a ser la mujer egocéntrica y fría que siempre ha sido. Matt no le encontraba el sentido, al igual que a muchas otras cosas, pero sinceramente, le importaba tanto que ni siquiera se molestaba en buscarlo.
   — Bastante bien — contestó encarnando una ceja, observando a su amigo con ojo crítico —. Tío, ¿te pasa algo? Estás más pálido que de costumbre, ¡y ya es decir! — Sonrió de forma burlona.
   No había logrado disimular el estado de shock en el que se encontraba, más bien estaba más presente que antes. Tenía miedo de que ocurriera otra vez, lo mismo o algo parecido. Odiaba sentirse indefenso y a merced de cualquiera, y también odiaba no ser capaz a comprender lo que pasaba en su entorno.
   — No, tranquilo. No me pasa nada — mintió.
   George le echó una mirada fulminante, arrugando el entrecejo al mismo tiempo que levantaba ambas cejas en signo de preocupación, además de curiosidad.
   — En serio — remarcó Matt, intentando sonreír.
   George suspiró. Resignado y sabiendo que no sería capaz de sonsacarle más — a pesar de que en su fuero interno supiera que algo le ocurría — decidió abarcar otro tema de conversación, el motivo por el cual había acudido a visitarlo. No quería enfadarse con Matt porque no se lo contaría de todas formas y si seguía insistiendo ese sería el resultado que obtendría: un amigo cabreado y un gran sentimiento de culpa.
   — ¿Sabes qué? — Preguntó poniendo una sonrisa que no le cabía en la cara.
   — Ilumíname.
   — Sabes quién en Megan Jackson, ¿verdad? — Siguió preguntando con la ilusión grabada en el rostro.
   — Supongo — se paró a pensar —, ¿qué pasa con ella? — Preguntó Matt sin el menor interés, después de la pausa, mirando al suelo. No podía quitarse de la cabeza la imagen de la hermosa dama de vestido blanco.
   Megan Jackson era una compañera de clase de los dos amigos. Una de las víboras más populares del instituto: morena, ojos azules, cuerpo de escándalo… El envoltorio era estupendo pero en lo que se refiere al interior estaba vacía, no había donde rascar, además su inteligencia dejaba mucho que desear. Fue una de las chicas más fáciles que conoció. Y su risa de cerdo degollado era lo peor.
   — Quiere pedirte para salir — respondió eufórico después de unos segundos para darle emoción.
   El muchacho se quedó de piedra. La pequeña sonrisa de su semblante desapareció en cuestión de milésimas. Miró a George a los ojos con una mezcla de incomprensión y odio. Como cuando te parte un rayo, esa fue la sensación exacta que tuvo Matt.
   Tardó un poco en asimilar las palabras de su amigo… ¿Pedirle para salir? ¿Es qué acaso quedaban más chicas que albergaban esperanzas con él?
   — ¿Qué? — Consiguió decir finalmente, entrecortado, con los ojos fuera de sus órbitas.
   — ¡Qué Megan quiere salir contigo! ¡Una chica! ¿Sabes lo que es eso? Ya sé que no es nada del otro mundo pero…
   — No quiero salir con ella, George — lo interrumpió —. Más concretamente: no quiero salir con ninguna otra chica — sentenció negando rápido con la cabeza — ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? ¿Cómo te lo tengo que explicar para que te entre de una vez en esa piedra que llevas por cabeza? — golpeó varias veces su sien con el dedo índice —. No quiero novia — continuó, enumerando con los dedos de la mano —, ni un lío, ni un amante, NADA. Que yo sepa no es tan difícil de entender.
   — Matt, sabes que me preocupo por ti… A este paso no se te va a pasar el arroz, ¡se te va a quemar la cazuela!
   Matt arrugó el entrecejo ofendido. ¿Acaso no podía ser partícipe de su vida amorosa que se la tenían que planificar otros? ¿No entendía que a lo mejor, solo a lo mejor, estaba mejor sin ninguna chica a su lado?
   — Me… da… igual… — Dijo entre dientes, apretando las manos con fuerza —. Que pasa, ¿tengo que tener novia por obligación? ¿Tengo que formar una familia porque las leyes de la naturaleza me obliguen? ¿Tengo que perder la virginidad por narices, porque serlo a mi edad es penoso? — Preguntó poniendo cierto tono de burla a la última frase —. No. Asunto zanjado.
   Su rostro ya no estaba pálido, sino rojo picante debido a la furia acumulada. Seguramente que si George se hubiera atrevido a tocarlo se hubiera quemado de tan encendido como estaba. Lo mejor era no provocarlo más porque sino, quien sabe, podría haber llegado a usar la fuerza bruta.
   Estaba cabreado… cabreado porque siempre intentaban controlar su vida, fuera quien fuere, cansado de que le criticaran por hacer o dejar de hacer algo que no estaba dentro de lo que suelen denominar “normal”. ¡Estaba cansado de todo lo que le rodeaba!
   — Lo siento, tío… es solo que… me preocupas… Últimamente casi no nos vemos y cuando lo hacemos estás de mal humor. No hablas con nadie… y creía que una chica te vendría bien — se disculpó George —. Un poco de diversión, ¿sabes?
   — Pues pensaste mal. Y no lo hagas. No necesito tu compasión — soltó con resquemor, y sin mediar más palabras con su amigo se dio la vuelta y se fue, entrando en casa de nuevo, dejándolo más confundido que antes.
   El chico estaba tan enfadado con el mundo en general que si se hubiera quedado un par de minutos más discutiendo con George le habría metido tal empujón que lo abría tirado al suelo, el cual en esos instantes continuaba impactado por la actitud de Matt, ya que él siempre había hablado con respeto a la persona hacia la que se dirigía y sobre todo con serenidad, y a veces con un toque de humor en sus respuestas, sin levantar la voz en ningún momento.
   Sabía con certeza que era distinto al resto… eso lo supo desde el día en que se conocieron, pero el Matt de hacía tan solo unos minutos no era el Matt que George conocía. << Algo en su interior está cambiando >>, pensó George, apesadumbrado.

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