viernes, 10 de septiembre de 2010

Capítulo 4: Sucesos

E
NTRÓ en el hall de la piscina y se sentó en uno de los bancos justo a tiempo, antes de que entraran Mark e Isabella. Suspiró disimuladamente mientras sus latidos disminuían considerablemente.
   Mark apareció por la puerta como otro día cualquiera, como si la conversación con su madre nunca hubiera existido. Sin embargo, Isabella llevaba dibujado el nerviosismo en la cara.
   — ¿Nos vamos a casa? — Le preguntó a ésta con una sonrisa forzada y con ganas de irse de allí cuanto antes. Cogió la mochila de Rachel.
   — Mamá — la sujetó por la muñeca con una mano y con la otra una de las asas de la mochila, — puedo con ella. — Se la arrancó de las manos y se la echó al hombro.
   — ¿Ya no eres una niña pequeña, verdad? — Comentó el entrenador riéndose entre dientes.
   Odiaba que hiciera ese tipo de comentarios hacia ella, como si realmente fuera una niñita delicada e indefensa, como si cada una de sus acciones fuera digna de mención y del más profundo clamor, algo que Mark hacía constantemente, lo que la ponía enferma, y más aún cuando la mirada con esos ojos de padre orgulloso de su hija, cada vez que decía o hacía cualquier cosa.

Mientras Rachel se disponía a cerrar la puerta del coche, ansiosa por llegar a casa y darse un baño de espuma largo y relajante, Mark sujetó la puerta cuando ya estaba dentro de él y le dijo:
   — Descansa, ¿vale? Mañana es el gran día — le guiñó un ojo y cerró la puerta.
   A través del cristal Rachel asintió, repentinamente contenta. Llena de vida. La sola idea de que al día siguiente iba a competir — y lo más probable que también a ganar — hacía que nada más importase y que el resto de información se eliminara de su cabeza.
   Isabella arrancó el automóvil pasando de cero a cien en tan solo unos segundos. El cuerpo se le impulsó para atrás debido al brusco cambio de velocidad. No le dio tiempo a criticar su nueva forma de conducción porque su madre le adelantó, disminuyendo la velocidad poco a poco.
   — Cariño, creo que no debería ir mañana a esa competición — no movió la vista en ningún momento mientras pronunciaba aquellas palabras. — Deberías descansar, ha sido muy fuerte el golpe que te has dado…
   Parecía que iba a seguir hablando pero no continuó, por lo que Rachel aprovechó a responder después de unas milésimas de incomprensión.
   — ¿Qué? Mamá, ¿no estarás hablando en serio? Son las finales y no pienso parar, no voy a rajarme ahora que he llegado tan lejos… — Tuvo una idea —… A no ser que lo que me pasó en la piscina tenga una explicación que justifique el porqué debo faltar.
   Isabella se mordió el labio inferior dudando entre si debía contárselo o callarse como le había prometido a Mark.
   — Vale, puedes ir — accedió con voz temblorosa, como si no fuera eso lo que realmente quería decirle. — Pero ten cuidado — su campo de visión pasó a ser completamente Rachel. Su mirada era una mezcla entre preocupación miedo, frustración y agobio, todo en una.
   No podía evitar mirar a su madre con ojo crítico y con un deje de decepción. No comprendía cómo había osado continuar ocultándole “algo” que tenía que ver al cien por cien con ella. Había tenido la oportunidad de decírselo y acabar con ello de una vez y, sin embargo, había optado por continuar dejándolo en la caja de los secretos. ¿Tan importante era para ocultárselo a su propia hija? Le sentó como una patada en el estómago mal dada y le entraron ganas de vomitar de nuevo.
   — Bien — dijo simplemente, retirando sus ojos de los de su madre, enfadada. Ni siquiera se molestó en ocultar su cabreo.
   Le resultaba muy frustrante que no le dijera lo que ocurría cuando sabía a la perfección que algo, bueno o malo — más bien lo último —, estaba sucediendo a su alrededor.

Querido diario:      (16 de Junio. 6.30 horas)
Ha vuelto a pasar. Otra noche igual de inquietante que las demás: sin poder dormir, como si alguien me estuviera mirando fijamente. Los mismo ojos verde-azulados en mi cabeza durante el transcurso de la noche, más bien de mi sueño… Pensaba que ya había acabado con lo sucedido en la piscina. Creía que había sido una especie de señal, el fin de todo este suplicio. Parece ser que me equivoqué. La situación ha empeorado en lugar de mejorar. Todo lo contrario a lo que pensaba. Cada uno de los sucesos se ha hecho más intenso, más visible, incluso palpable.
   Es agotador. Los sentidos me fallan, es como si no existieran… como si se hubieran desvanecido.
   Estoy descentrada, no tengo hambre — cada cosa que huelo me produce arcadas —, también tengo la vista cansada — los párpados se me cierran solos —, no siento nada… No son sensaciones agradables, créeme. Y lo peor de todo es el no poder hacer nada para solucionarlo. El no saber ni por dónde empezar… si existe alguna solución.
Aunque, a pesar de todo, lo más horrendo no es esto, sino el hecho de que mi madre me oculta algo. Supuestamente no pasa nada, todo es normal. Pero sé que algo está pasando, y lo descubriré. Tarde o temprano, pero lo haré.

La muchacha posó su diario en la mesita. Suspiró. Lo que estaba pasando no era ni medio normal. ¿Qué significaban los sueños? ¿Quién era ese chico de ojos verde-azulados? ¿Y su madre? ¿Qué le ocultaba su madre junto con Mark?
   Se le saltaron las lágrimas. La impotencia y la frustración de no saber que era todo aquello le formó un nudo en el estómago, por lo que en un intento de calmarse se abrazó la tripa con fuerza y con la misma intensidad cerró los ojos.
   << ¿Qué está pasando… qué demonios está pasando? >>.
   No conseguía calmarse. Ningún otro pensamiento lograba tranquilizarla porque en su mente solo existían dos pensamientos: el chico y las mentiras, el chico y las mentiras… Tenía miedo. Miedo porque no sabía que le estaba ocurriendo. Miedo por desconocer lo que le ocultaba su madre. Miedo por ese chico, por esos ojos que invadían sus sueños todas las noches. Miedo de que volviera a aparecérsele de nuevo…
   Un ruido ensordecedor comenzó a rascar las paredes de su habitación, como uñas clavadas en ellas que las arañaban.
    Rachel se sobresaltó. Su corazón latía a mil por hora. << ¿Qué es eso? >>. No encontraba respuesta. La muchacha se tapó los oídos. Aquel sonido era insoportable. La grima le recorrió la columna vertebral erizándole la piel y haciéndola temblar de forma descomunal. Las lágrimas brotaban de sus ojos como si se trataran de una cascada. Rachel estaba muerta de pánico, creía estar inmersa en una horrible pesadilla, pero todo era tan nítido…
   Paró. De repente, el ruido paró.
   Separó las manos de sus orejas con lentitud, como si temiera que el ruido volviera a aparecer, y se limpió las lágrimas que le surcaban el rostro tremendamente asustada, sin saber que hacer. Petrificada por el miedo y muda por la sorpresa.
   << ¿Qué ha sido eso? >>, no pudo evitar preguntarse anonadada, aunque ligeramente más tranquilizada. Pero dicha tranquilidad duró poco ya que, súbitamente, su cama empezó a rebotar contra el suelo empujándola a éste, debido al fuerte movimiento.
   El golpe recibido en el pecho al caer le produjo una sensación de asfixia irrefrenable. El aire no entraba en sus pulmones. Por más que ella lo intentaba no lo conseguía y el nerviosismo habitante en su interior empeoraba la situación.
   En medio de la confusión un objeto cayó al suelo. Fue un golpe sordo de tan solo un segundo de duración, el tiempo suficiente para alterarla todavía más. La cama dejó de moverse y Rachel logró calmarse, pudiendo, de ese modo, volver a respirar con normalidad.
   Se levantó tambaleándose, pálida como la leche. Los nervios le recorrían cada parte del cuerpo. Anduvo hasta el lugar donde se produjo el ruido, asustada como nunca antes lo hubo estado. Las piernas le flaqueaban visiblemente. Los ojos se le salían de sus órbitas — parecían dos planetas girando alrededor de su cabeza irregularmente —; se acercó, poco a poco, al sitio de los hechos, sigilosamente, igual que si estuviese entrando en una casa desconocida, sin producir el más mínimo sonido para evitar asustarse todavía más o despertar a alguien — aunque los golpes de las patas de la cama contra el suelo ya deberían haberlo hecho —.
   Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos.
   El corazón le latía de una forma que parecía que se le iba a salir del pecho en cuestión de tiempo. Se sujetó a los pies de la cama ya que el mareo producido anteriormente y el cansancio pudieron con ella por un instante. Cerró los ojos arrugando el entrecejo con fuerza, poniendo los dedos índice y pulgar de la mano derecha en su arrugada frente. Lentamente los fue abriendo, girando su cabeza en dirección a la ventana. Era una noche sin luna, aunque hermosa de todas formas. Cada una de las estrellas brillaba con luz propia. Una luz espléndida y luminosa, de una forma inigualable e inimaginable.
   Al volver la vista al suelo se llevó una gran decepción: el objeto que produjo aquel ruido sordo era una piedra. Una extraña piedra que le resultaba familiar.
   El recuerdo se le vino a ka cabeza espontáneamente: era el objeto que el misterioso chico metió en su mochila de natación.
   El temor abatió contra ella de manera intensa, produciéndole un fuerte temblor de manos a pies, además de un tremendo dolor de estómago que hizo que las náuseas del pasado día aparecieran mezcladas con la bilis que llegó hasta su garganta.
   Cada uno de estos sucesos hizo que el mareo taladrador de Rachel aumentara, haciéndole caer al frío suelo inconsciente, justo al lado de la piedra con la inusual figura de lo que parecía ser una media Luna en tres dimensiones perfectamente tallada en ésta.
   Rachel no llegó a darse cuenta, pero en aquel mismo instante una media luna creciente igual o más preciosa y diferente en comparación con todas las demás, apreció en el cielo. Espléndida e increíble. Como nunca antes lo hubo estado.

Cuando despertó no recordaba como había llegado a parar ahí. Carecía de conciencia de aquello. No se acordaba absolutamente de nada.
   Parecía que el dolor de cabeza había desaparecido junto con las náuseas. Se sentía mucho mejor, la verdad. Había vuelto a nacer. Respiraba aire nuevo, todo lo que veía era nuevo: el olor a madera, el aire… o eso creía ella.
   Confusa, se colocó de rodillas en el frío paquete frotándose los ojos. Estaba cansada debido a las pocas horas dormidas. Miró por la ventana: aún no había salido el sol, todavía podía visualizarse rastros de la noche anterior, por lo que supuso que sus padres seguían en la cama.
   << Los muy dormilones >>, pensó con una pequeña sonrisa.
   Miró a su alrededor un tanto extrañada. ¿Cómo había llegado a parar al suelo? Con esa pregunta en mente se quedó quieta, posando la vista en un lugar fijo viendo sin ver nada. Lo único que se le ocurrió que pudiera explicarlo era el sonambulismo, pero sería la primera vez que le pasara… <>, se dijo, intentando creerse sus propias palabras.
   Bajó la vista segundos más tarde, para encontrarse con la piedra que anoche la alteró. La miró sin saber que hacía algo tan raro en el suelo de su cuarto. La cogió y empezó a darle vueltas entre sus manos. Estaba fría y dura — lógico, era una piedra —. Repasó el contorno de la Luna con la yema del dedo índice, pensativa. No comprendía, más bien no lograba recordar de donde había sacado aquella reliquia o lo que quiera que fuese.
   Respiró hondo. Comenzaba a ponerse nerviosa y a verlo todo borroso junto a un mal estar de estómago, causado por la impotencia que le producía el no recordar nada. Así que decidió guardarla en su mochila. Ya se acordaría más tarde — si lo conseguía —.
   Bajó a la cocina con parsimonia. Todavía conservaba el miedo de la noche pasada a pesar de no acordarse de lo ocurrido, y temía caer inconsciente escaleras abajo.
   Tardó un tiempo en acostumbrarse a ka oscuridad que inundaba la casa entera. No se podía ver ni la silueta de una silla.
   Desconociendo el motivo, se sentía sola. Sola, escondida en una penumbra total que la consumía poco a poco. Había aparecido un vacío de dolor en su alma — por decirlo de alguna manera —, que únicamente podría llenar alguien. Y lo más agobiante: desconocía quien era o podría ser ese “alguien”.
   De repente, un ruido semejante al de una persona saliendo por la ventana cayendo en los arbustos se produjo en el salón. Se alteró, siendo incapaz de moverse a causa del pánico. Intentó decir algo, pero una especie de mano invisible oprimía sus cuerdas vocales y no pudo salir de su boca ni el más leve de los sonidos.
   — ¿Rachel? ¿Eres tú? — La llamó una suave voz a sus espaldas.
   No contestó. Simplemente se quedó quieta entre el pasillo y la cocina. El miedo le había paralizado cada uno de sus músculos. Aunque quisiera no podía moverse.
   — ¿Quién anda ahí? — Preguntó la misma voz de antes, esta vez histérica.
   Oyó caer algo al suelo, lo que pareció ser una figura de porcelana. El choque de dicha figura contra el suelo fue como una especie de interruptor que puso el cuerpo de la muchacha en movimiento.
   La luz se hizo como por arte de magia. La claridad cayó sobre Rachel al igual que un cubo de agua helada, obligándola a cerrar los ojos. Despacio, fue abriéndolos para acostumbrarse a la repentina luz que abatió contra ella.
   Lo primero que vio fue el rostro de Isabella, pálido y atemorizado, con las pupilas dilatadas a causa de la impresión. Era la voz que la llamó. Le extrañó no haberla reconocido desde un principio; Bajó más la vista y como antes supuso fue una figurita sin valor alguno de porcelana barata la que estaba hecha añicos justo al lado de su madre. Dirigió, poco más tarde, la mirada hacia el lugar donde se situaba el interruptor. En él estaba la mano de su padre, Tom. Su aspecto era cansado y su expresión de incomprensión.
   — ¿Qué pasa aquí? — Preguntó con voz grave y cansada, frotándose sus ojos lagañosos.
   Hubo un corto silencio en que las miradas de Isabella y Rachel se unieron durante un breve instante, y finalmente dicho silencio fue roto por su madre.
   << Menos mal, >>, pensó Rachel aliviada, << ya empezaba a ponerme de los nervios >>.
   — Oí a alguien en el piso de abajo y pensé… que sería Rachel — paró un momento y continuó —. Bajé para ver si necesitaba algo y… bueno, me asusté porque… porque pensaba que era un ladrón o algo parecido al ver que nadie me respondía — terminó de explicar con una sonrisa nerviosa.
   << Otra mentira. Últimamente se está convirtiendo en una afición suya de mal gusto >>, pensó la chica indignada.
   — Ah — dijo Rachel. No fue capaz a decir nada más.
   — No recuerdo que te levantaras — añadió Tom con dureza —. Ni siquiera que te acostaras — encarnó una ceja con la mirada fija en Isabella.
   Él tampoco se creía mucho su versión de los hechos. Ambos no las tenían todas consigo.
   — Tienes un sueño muy profundo. No me extraña que no te enterases — se excusó con un hilo de voz en el que se podía denotar cierto deje de pánico. Deseaba que esa conversación finalizara de una vez por todas.
   Rachel y Tom la miraron con los ojos fijos en los suyos, provocando, de ese modo, que se pusiera aún más nerviosa. No la creían, ni de lejos podrían llegar a creerla. No se le daba bien mentir y/o ocultar cosas, se le notaba a varias leguas de distancia cuando lo hacía.
   — ¿Queréis que os prepare el desayuno? — Preguntó la madre cambiando de tema con una sonrisa mal fingida, acercándose a la encimera de la cocina.
   — No hace falta que te molestes — contestó su marido de forma cortante, subiendo las escaleras hacia su habitación.
   Los dos sabían, cada vez con más certeza, que Isabella ocultaba algo. Cada uno tenía sus propias suposiciones y a ambos les ocultaba una cosa muy diferente a la otra, o tal vez la misma vista desde dos puntos de vista distintos. Lo que desconocían, a parte del propio engaño, era su grado de importancia.
   — ¿Y tú, Rachel? — Preguntó sin darse la vuelta desde la encimera de mármol grisácea.
   Ella no dijo nada, simplemente hizo caso omiso a sus palabras e imitó a su padre.
   Isabella dejó lo que estaba haciendo — dejándolo caer y produciendo bastante ruido —, se sujetó el cuello de su bata con todas sus fuerzas y se dejó caer al suelo, llena de desgana, comenzando a llorar en silencio como una niña pequeña.
   — Papá, — le llamó Rachel desde detrás de la puerta — ¿puedo pasar?
   — Si… —Contestó débilmente.
   La única iluminación que había en el dormitorio era la de la lámpara de la mesita de noche, ni siquiera había levantado la persiana.
   Era bastante triste ver al bueno de Tom sentado a un lado de la cama con las manos sobre la cara en signo de abatimiento y frustración. Él no se merecía que su mujer lo mintiese. No se merecía que le ocurriera nada malo.
   Rachel se sentó a su lado y lo abrazó cariñosamente sin decir nada. No hacían falta las palabras.
   Tom la imitó.

4 comentarios:

  1. Te siigoo(:
    Pasate por miblog y haz lo mismo por favor
    xd = http://songsandpeople.blogspot.com/

    ResponderEliminar
  2. simplemente genial!
    un beso, te sigo, pasate por el mio
    www.allmyworldisyou.blogspot.com

    ResponderEliminar
  3. Cada vez me gusta más. Y está más interesante.
    Sigue así ;)

    ResponderEliminar
  4. www.motivaland.blogspot.com sigeme y te sigo;)
    y gran blog:)

    ResponderEliminar