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chica. Una chica hermosa, conocida y poco familiar al mismo tiempo. Le sonaba
de algo, pero desconocía de qué.
Una luz cegadora apareció por la puerta
tiempo después, tapando la imagen, que por algún extraño motivo, incomprensible
para él, no deseaba que desapareciera. Era un brillo distinto a cualquier otro…
uno nuevo, más relajante y menos cegador. Agradable e irremplazable. Distinto
en todas sus facetas. Único.
La luz cada vez se hacía más luminosa, mucho
más resplandeciente, hasta llegar al punto de desaparecer por completo, dejando
ver la entrada de la casa de George, algo que debería haber visto desde un
principio.
Súbitamente un cúmulo de recuerdos olvidados
volvieron a su mente: la marcha de Margaret y su respuesta ante su ida — se
sintió avergonzado y furioso de sus actos —, el puñetazo dado a Andrew, el
golpe en la cabeza en el cuarto de baño, la paliza pegada por su padre, el
inusual comportamiento de Stephanie, su actitud con George — más nítida, como
si lo estuviera viviendo en ese mismo instante —; y la piedra… aquel extraño
objeto entregado por la misteriosa y aterradora chica.
Todo cobraba sentido o al menos comprendía
una mínima parte: la chica que le dio la piedra, la que le susurró que fuera
hacia ella, la que lo hipnotizó para darle el objeto… era la misma mujer de la
visión sufrida segundos antes.
— ¿Matt? — Lo llamaron desde el interior de
la casa.
Salió de su ensoñación empujado por esa voz
que le llamaba, levantando la cabeza, pálido como la leche, más que de
costumbre. Un sentimiento parecido a la tristeza bañaba todo su talante y un
atisbo de ira se marcaba en sus ojos.
— ¿Estás bien? — George se acercó a él
corriendo, agarrándole con una mano un hombro y con la otra acariciándole el
pelo, preocupado.
Matt parecía un cadáver. No había luz en
ninguna parte de su cuerpo: ni una sonrisa, ni un movimiento… nada. En cuestión
de horas su pequeño mundo se había desmoronado, todos sus esquemas se habían
roto. Ya nada volvería a ser igual, y tenía miedo de lo que pudiera pasar a
partir de ahora.
Es cierto que el chico aborrecía su vida tal
y como era, y que estos sucesos estaban suponiendo un gran cambio en ella, pero
lo que lo asustaba, lo que realmente lo atemorizaba era el no saber si sería
para bien o para mal.
— Matt… me estás asustando — dijo George con
el pánico dibujado en sus ojos.
George meneó a su amigo. No lograba hacer
que reaccionara. Dudó un segundo y finalmente le dio una bofetada en plena
cara. Los ojos de Matt se abrieron de par en par, al igual que su boca. El
muchacho miró a su amigo con la respiración alterada.
— ¿Qué…? — Preguntó confuso.
— No reaccionabas, me asusté — contestó
George a la pregunta inacabada de Matt, histérico. — ¿Qué narices te pasa, tío?
Últimamente no pareces tú.
Matt se quedó pensativo un momento, dejando
la vista fija en un sitio, buscando las palabras adecuadas. << No te va a
creer… No te va a creer… >>, le decía una vocecilla maligna dentro de su
cabeza, semejante a la de un viejo ronco con perversos planes. Cerró los ojos
con fuerza intentando acallar la voz que lo estaba volviendo loco y apretó los
dientes con fiereza — el ansia que le producía estaba a punto de acabar con él.
— ¿Matt? — Lo llamó George, impaciente.
Abrió los ojos lentamente, el suelo se movía
o eso creía él — el apretarlos tan fuerte lo había mareado. — Cuando todo
pareció volver a la “normalidad”, dijo desesperado:
— Nunca me creerías.
George estaba indignado. ¿Acaso no era él su
mejor amigo? Podía confesarle lo que quisiera, que no se lo diría a nadie,
podía incluso mentirle y él se lo creería, por muy absurdas que fuesen sus
palabras. Puede… tal vez se equivocara.
— Si a día de hoy piensas que no te creería…
es que me has subestimado.
Y dicho esto, entró en su casa cerrando la
puerta, la cual provocó un golpe sordo contra el marco de ésta.
Matt se quedó paralizado. ¿Por qué había
sido tan estúpido? ¿Por qué era tan rematadamente terco? ¿Por qué le estaba
pasando esto a él…?
Reprimió las ganas de gritar y de romper
todo cuanto encontrara a su alrededor apretando los puños con una fuerza
descomunal, que sobrepasaba lo normal, hasta hacerse sangre — otra vez —. Miró
sus manos desconcertado, con lágrimas brotando de sus preciosos ojos
verde-azulados, lágrimas que cayeron en las leves heridas de sus palmas.
<< Esto debe de ser una broma
>>, se dijo mirando al cielo libre de imperfecciones en un intento de
calmarse. Respiró hondo y dio media vuelta nervioso, como nunca lo hubo estado.
Corrió deprisa, lo más rápido que le era
posible. Se sentía ágil como un gato y veloz como un guepardo. El aire chocaba
contra su cara abanicándole el pelo. Cada zancada parecía ser un kilómetro de
larga, y lo más insólito era que no se cansaba, nada le dolía… Todo lo
contrario: se sentía mejor, libre desde hacía mucho tiempo, como jamás lo
estuvo. No tardó ni cinco minutos en regresar a casa cuando por lo general
duraba entre quince y veinte minutos en llegar a la de George y otros tantos en
volver…
<< No digas su nombre, no digas su
nombre, no digas su nombre… >>, se repetía. Decir su nombre suponía
recordarlo, recordar todos esos momentos a su lado, recordar el fuerte cariño
que sentía por él, recordar lo estúpido de su comportamiento que había supuesto
una gran brecha en su amistad, una brecha que tardaría y sería difícil de
enmendar. ¿Y todo por qué? Por su culpa.
El hecho de saber que estaría un tiempo
distanciado de su gran amigo le formaba un gran hueco de vacío en su interior,
como si faltara una pieza del puzzle. Sentía que no se había comportado como un
buen amigo…
Al ir a coger la manilla de la puerta
principal de su casa observó de nuevo sus manos: ya no tenía ninguna herida, lo
que quedaba en las palmas era tan solo sangre seca.
<< Esto debe e ser definitivamente una
broma >>, volvió a decirse mirando hacia otro lado con una media sonrisa
irónica.
— Esto es una maldita tomadura de pelo —
dijo en voz alta para desahogar su frustración.
Y con esa misma sonrisa abrió la puerta, la
cual cambió drásticamente al encontrarse a Andrew justo enfrente suyo,
expectante, con los brazos cruzados, una ceja encarnada y moviendo un pie
impaciente, apretando la mandíbula con fuerza.
El terror invadió nuevamente su cuerpo,
provocando que este temblara ligeramente. Sucesivas imágenes de la paliza
abatieron su mente, lo que provocó que el miedo aumentara de forma notable.
¿Qué había hecho ahora? Esa era la pregunta que no dejaba de asolar su mente.
Temía que le hiciera lo mismo de la última vez, temía que ahora no tuviera
compasión y que lo pegara hasta arrebatarle su último ápice de vida.
—A ti te estaba esperando — dijo Andrew con
un control que jamás creyó Matt que llegaría a tener. — Ven.
Obedeció inmediatamente, sin rechistar. Solo
con pensar en lo que le llegaría si no hacía caso se le erizaban los pelos.
Respiró profundamente y tragó saliva, era incapaz a calmarse ya que la presión
y el nerviosismo del “¿Qué pasará?” le había producido un nudo en la
garganta, aumentando el pavor que ocupaba la gran parte de su mente, haciendo
que estuviera a punto de caer redondo en el suelo.
Cerró momentáneamente los ojos y respiró
hondo.
— ¡Ven! — Insistió Andrew viendo que su hijo
no se movía.
El muchacho pegó un pequeño brinco hacia
atrás y lo siguió por todo el pasillo hasta llegar a unas escaleras que daban
al sótano que se situaban entre el comedor y la terraza inferior. En muy pocas
ocasiones había bajado a allí, debido a que Stephanie se lo tenía estrictamente
prohibido a los dos hermanos. No sabían porque, eso sí, esa prohibición de su
madre no había sido suficiente motivo para no bajar y curiosear un poco, y
descubrir porque no los dejaba bajar: Claudia por el mero hecho de desobedecer
a su madre y Matt convencido — o puede que magistralmente manipulado — por
George, con alguna de sus extrañas ideas llenas de una imaginación e inocencia
desbordantes. Lo extraño era que no había nada interesante allí abajo, a no ser
que llames interesante a un montón de cajas de cartón y a un sofá viejo.
Matt se mantuvo durante el trayecto en
silencio, tenso y con los cinco sentidos alerta. Andrew fue el primero en
hablar después de haber bajado las ruidosas escaleras de caracol — las cuales
estaban pintadas de un desgastado color verde escarlata, — y haberse detenido
frente a una puerta de madera vieja.
— Ésta será tu nueva habitación — afirmó
intentando no levantar demasiado la voz, pero sin dejar a un lado el tono
autoritario.
El chico se quedó anonadado, mirando la
puerta sin comprender. El sudor comenzaba a caer por sus sienes. Estaba
nervioso. Se esperaba lo peor: un congelador gigante para meterlo a él dentro y
dejarlo morir lentamente o una cámara de tortura… Cualquier cosa menos un campo
de mariposas.
— Te preguntarás “¿por qué?” — Dijo Andrew
con una media sonrisa más falsa que unas tetas operadas — ¡Fácil! — Levantó
ambos brazos. — Quiero tenerte fuera de mi vista hasta que empieces la
Universidad, porque si, irás a la Universidad. Ningún Anderson dejará sus
estudios — afirmó con una mirada severa. — El cuarto está insonorizado, solo
falta cambiar la puerta. Tienes un baño y todas tus cosas están dentro — dio
dos golpes secos y seguidos a la vieja puerta con la palma de la mano extendida
—, te traeremos cada día la comida y saldrás… a finales de verano. Hasta
entonces permanecerás aquí encerrado — puntualizó — ¿Te ha quedado lo bastante
claro? — Finalizó, mirándolo fijamente.
Matt asintió velozmente. El nudo de la
garganta era tan grande que no le permitió vocalizar sin parecer un chico
indefenso y asustado, al borde de un ataque de histeria. No quería darle a
Andrew esa satisfacción, no permitiría que se sintiera aún más superior de lo
que ya se creía.
— Bien. Pasa.
Hizo lo que le mandó y tras pasar la puerta,
ésta se cerró y oyó el sonido de unos candados al cerrarse.
— Así escarmentará — dijo Andrew detrás de
ésta dando dos palmadas en signo de finalización de una grandiosa tarea,
volviendo a subir segundos después, las escaleras de caracol que daban al piso
superior, dejando a Matt encerrado en aquella habitación tan siniestra.
Se sentía confuso, no entendía porque lo
habían encerrado en ese sitio, que hasta ese mismo instante había estado
absolutamente prohibida su entrada.
El cuarto era frío, húmedo y oscuro. Las
paredes eran de piedra, una piedra negra y mohosa. Únicamente había una pequeña
ventana que permitía pasar una débil ráfaga de luz. En el lugar estaban todas
sus cosas, como bien le había dicho Andrew, y también estaba lleno de cajas y
trastos que ya no utilizaban, como por ejemplo algunos de los juguetes que
habían aguantado el paso del tiempo y que Matt y Claudia no habían roto.
El muchacho sonrió levemente, anhelando
aquellos años tan felices. Las lágrimas brotaron de sus ojos verde-azulados
como si se tratara de una catarata de agua salada. Se dejó caer de rodillas al
suelo, derrotado. Le temblaba todo el cuerpo y los llantos no lograban salir de
su boca. No soportaba su vida: era triste y vacía, sin un ápice de cariño y
amor, y ahora menos que antes ya que las únicas personas que se lo
proporcionaban se fueron, se esfumaron, y dudaba que volviera a verlas…
<< ¿Cómo he sido tan estúpido? >>,
se preguntó sollozando, agarrándose con ira el pelo. << ¿Cómo los he
dejado marchar? >>.Contuvo un grito que sus cuerdas vocales estuvieron a
punto de producir debido a la rabia contenida durante mucho tiempo.
Se sentó en un viejo sofá que había enfrente
de aquel montón de cajas llenas de momentos de su vida que jamás volverían. Se
tendría que conformar, a partir de ahora, recordándolos, a pesar de que los
buenos recuerdos fuesen mínimos, técnicamente nulos.
Las lágrimas comenzaron a surcar de nuevo su
pálido rostro, produciéndole un fuerte nudo en el estómago. No veía el instante
en el que se marcharía de esa casa, de esa vida y podría empezar una nueva y
mejor, más feliz y gratificante. Esa idea parecía tan lejana…



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