¡R
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ACHEL!
— La llamó Mark desde la lejanía de la piscina — ¡Es tu turno!
Rachel estaba nerviosa, muy nerviosa…
desconocía el motivo, hacía años que había dejado a un lado los nervios antes
de competir. Sabía que había gente buena, profesionales dentro de su categoría,
y obviamente también la había mala, y si quería ganar, ella debía ser mil veces
mejor que todos ellos.
<< Vamos, vamos. Despéjate. No
pienses… no pienses en nada… >>, se decía a sí misma mientras se dirigía
hacia donde se encontraba el entrenador.
— Nadarás 100 metros crol — la avisó —. Aquí
tienes el papel que tienes que entregar a la chica de tu correspondiente calle,
¿de acuerdo? —Le agarró las manos con fuerza — ¡Ánimo! — Le acarició la cabeza.
Se puso el gorro blanco de látex con el
nombre y la insignia de su club grabado en él, y se colocó las gafas de buceo,
las cuales le oprimían los ojos, pero ya estaba acostumbrada. Intentó omitir el
ruido estridente que provenía de las gradas que le impedía concentrarse, un
ruido que con el eco se hacía más intenso.
<< 100 metros crol… Calle 3… >>,
pensó mientras se dirigía hacia su calle.
La ansiedad comenzaba a gobernar su cuerpo,
algo que jamás le había pasado antes de competir. Todo lo que había a su
alrededor mientras iba a su calle se movía distorsionándose ligeramente. Cuando
se encontró enfrente del podio cerró los ojos en un vano intento de que las
figuras que la rodeaban dejaran de moverse. Lo único que sacaba bueno sobre
este asunto era el hecho de que no podía pensar. Un punto a favor porque de ese
modo no recordaría durante unos minutos lo ocurrido días antes.
Sonó un silbato que indicaba que los
nadadores debían que subirse a sus respectivos podios. Rachel lo hizo con
bastante esfuerzo, continuaba mareada y le costaba mantener una respiración
constante. El árbitro puso la mano que no sujetaba el silbato en alto. Se hizo
el silencio, lo que despejó un poco la cabeza de la muchacha.
— ¡Preparados…! — Gritó el árbitro. Rachel
agarró el borde del podio con las manos, doblando ligeramente las rodillas — ¡…
listos…! — Estaba lista para saltar, pero cuando quiso darse cuenta ya no podía
controlar su cuerpo. El ansia la había vencido, haciendo que cayera como muerta
al agua perdiendo, una vez más, el conocimiento.
La piscina se llenó de los gritos histéricos
de la gente, los cuales fueron aumentados por el eco que hacía que pareciera
que gritaran todavía más. Estruendo provocado por la inesperada caída de Rachel
al agua.
Uno de los socorristas surgió de la nada en
dirección a la piscina, dispuesto a sacar el cuerpo de la chica. Aún respiraba.
No sin cierto esfuerzo logró sacarlo del agua.
La tensión podía palparse en el ambiente, un
enorme cúmulo de personas se situó alrededor del cuerpo desmayado de Rachel
mientras el socorrista trataba de reanimarlo, curiosos y expectantes por lo que
pudiera llegar a pasar.
***
Pasaron
las horas, horas que parecieron años interminables. Se había quedado dormido en
el sofá mientras lloraba con la tristeza acumulada en los ojos. No podía dejar
de pensar en lo mucho que echaba de menos a Margaret, en lo imbécil que había
sido con su gran amigo George, y en la impotencia que sentía al no saber qué
era lo que quiera que fuese que había estado pasando a su alrededor.
Cabreado y con pocas ganas de continuar
viviendo aquel largo en infernal día, entró en el cuarto de baño, que se
encontraba en un estado que dejaba mucho que desear: las baldosas estaban
sucias por los bordes, el metal de la estantería oxidado, el mármol de la ducha
había perdido su resplandeciente blanco y había sido sustituido por el marrón
de la suciedad, y las cortinas de ésta eran viejas y de un plástico barato con
dibujos de patitos mal dibujados. << De los chinos, seguro >>,
pensó, refiriéndose a las cortinas, intentando darle un toque de humor al
asunto; Nadie había bajado allí a limpiar en meses. Lo único que era nuevo eran
las toallas y la alfombrilla de la ducha.
No es que a Matt le importara las condiciones
del baño, sinceramente, le daba igual. Le daba igual todo, de hecho. Lo que de
verdad quería era salir de esa casa, esa casa que le había amargado su
existencia, y sobre todo dejar de lado de una vez por todas a su familia. Es lo
que más deseaba en este mundo: perder de vista a Andrew, a Stephanie y a
Claudia, y de ese modo poder empezar una nueva vida en otro lugar, en otras
circunstancias… puede que no tuviera el nivel económico estable del que
disponía ahora, pero al menos sería libre, sería feliz…
Matt echó una risa sorda al aire. En cierto
modo su situación le hacía gracia porque por darle un puñetazo a su padre se
encontraba allí, solo y en unas condiciones pésimas. Todo sería normal,
aceptable, sino fuera porque no le bastó con encerrarlo aquí, tuvo que pegarle
antes de hacerlo, pegarle una paliza descomunal para demostrar su autoridad
mientras Stephanie miraba sin actuar la sucesión de puñetazos y patadas que
Andrew le daba al chico.
Meneó de un lado a otro la cabeza,
intentando sacar de ella cualquier pensamiento negativo. Tarea difícil, pero no
imposible. Sin embargo, en seguido paró ya que se había empezado a marear. Lo
que había en su entorno comenzó a tornarse borroso. Se apoyó falto de fuerzas
en el lavabo, frío como el hielo, con los ojos cerrados esperando a que pasara
lo más rápido posible.
Cuando el dolor fue menguando paulatinamente
respiró hondo mirando hacia el techo. Unos segundos más tarde recobró su
postura normal y comenzó a quitarse la ropa, dejando al descubierto sus anchos
hombros y fornidos pectorales. En todo momento evitó mirarse en el espejo, por
lo que simplemente se limitó a meterse bajo la ducha.
El agua resbalaba por su blanca piel,
relajando sus músculos y haciéndole pensar que con ese baño todo lo malo hecho
hasta el momento se esfumaría por el desagüe, al igual que la mugre que cubría
su cuerpo…
Matt echó un poco de jabón en la esponja
para poco más tarde empezar a frotarla con suavidad por su cuerpo desnudo y
blanquecino… Lo relajaba, la sensación de relax que le producía el jabón sobre
su piel mojada, lo relajaba… Siempre lo había hecho. Cada vez que estaba
deprimido la solución para sus males era un buen baño de agua tibia.
El líquido transparente que surgía del grifo
de la ducha logró hacer que Matt pensara con claridad, hizo que todos y cada
uno de sus pensamientos y recuerdos se ordenaran en su cabeza para acto seguido
desaparecer temporalmente, haciendo que aquel nudo en el estómago que llevaba
acompañándolo el día entero desapareciera.
De repente, lo que había llegado a conseguir
con el baño desapareció en cuestión de una milésima de segundo. Fue visto y no
visto. Una sensación de ahogo abatió contra él, produciéndole una asfixia
insoportable. El aire no entraba en sus pulmones, no lograba hacer que pasara a
ellos. Era como si se estuviera ahogando en una piscina, pero el problema era
que no estaba en una, se situaba en la ducha y la cantidad de agua era
insuficiente para asfixiar a alguien con la estructura de Matt… era como si una
mano invisible estuviera agarrándole el cuello con fuerza, ahogándolo…
Se puso las manos en la garganta,
agarrándola por acto reflejo. Intentaba introducir una mínima cantidad de aire
en la boca, pero le resultaba imposible. Comenzaba a marearse y perdió el
equilibrio cayendo medio muerto, dándose un fuerte golpe en la espalada contra
la pared. Pero no sintió el dolor del golpe, ya que el ahogo era tan grande que
cualquier otro dolor era efímero e insignificante. Ya no notaba ninguna parte
del cuerpo, era como si no existiera, como si se hubiera desvanecido
mezclándose con ese aire que el muchacho era incapaz a respirar.
No obstante, cuando creía que no iba a salir
de esta, cuando creía que su vida lo abandonaría de semejante modo,
inexplicable para Matt y para cualquiera que se viera en su situación, una
repentina ráfaga de aire entró dentro de él logrando que volviera a sentirse bien, como si… la mano invisible que lo
acababa de acechar hubiese decidido que podía seguir viviendo.
<< ¿Q-qué… qué ha pasado? >>, se
preguntó anonadado, incapaz de creerse lo ocurrido. Se levantó tambaleándose
del suelo, apoyando las manos en la pared y todo lo que estaba a su alcance,
quedándose más tarde en una postura fija, cerrando los ojos, intentando no
desvanecerse, que la respiración se le tornara de agitada a normal y para
convencerse a sí mismo de que nada había pasado. Pero sí había ocurrido, ¿cómo
iba a obviar semejante suceso? Era imposible, no conseguía quitárselo de la
cabeza, lo que le producía aún más nerviosismo y frustración.
Levantó la cabeza, todavía con los ojos
cerrados, y respiró hondo, cerró la ducha segundos después y salió de ella, se
secó por encima y se puso los bermudas y la camisa que antes llevaba encima,
para luego salir a la oscuridad del zulo en el que su padre lo había instalado.
Lo miró de extremo a extremo temblando y, para no variar, pensativo. Decidió
que lo mejor para despejarse y evadirse de este mundo sería ordenar aquel
sitio, convertirlo en un lugar habitable.
<< Me ayudará a no recordar y a creer
que nada de esto ha pasado y que mi vida sigue siendo la de siempre: aburrida y
solitaria >>.
Pasada hora y media, el tiempo que tardó en
poner todo en si sitio y en hacer que ese zulo se pareciera lo más posible a
una habitación, se sentó en el viejo sofá agotado. Estaba tan exhausto que no
tenía ganas de hacer nada, salvo morirse. Esperar ahí sentando a que la muerte
llegara con su oscura sombra y lo llevara consigo. Todo terminaría
definitivamente, alcanzaría de una vez por todas, la felicidad máxima tan
ansiada que en vida no conseguía y dudaba que alguna vez la alcanzara.
No era vida estar cada minuto del día de mal
humor añorando a las personas que quieres y que en su momento tuviste a tu
lado, pero que, sin embargo, ya no están. Porque te abandonaron por tu culpa.
Odiar a las personas que hicieron que llegaras a estar en este mundo con cada
partícula de tu alma, porque sí, fueron ellos los que comenzaron a amargarte
desde niño. Odiar cada aspecto de la vida porque nada de ella te hace feliz, ni
siquiera el más hermoso de los atardeceres, ni el movimiento del mar en un día
de calma… Nada. Odiarte a ti mismo por odiar todo esto y no ser capaz a
cambiarlo, por sentir que nada de lo que hay a tu lado es real y auténtico, y
no parar de sentirte tan vacío como una oscura y fría cueva. Estaba cansado de
esto, deseaba, imploraba que terminase de una vez. Pero, ¿cuándo lo haría? Y lo
más importante, ¿cuándo dejaría de pasarle esos hechos tan extraños hacia los
cuales no encontraba respuesta?
Volvió a mirar aquel cuartucho de arriba
abajo y de un lado a otro sin encontrar nada, nada que no hubiera visto antes.
Suspiró con una media sonrisa — sonreía por no llorar —. Ya no sabía qué hacer,
sentía que la solución a todos sus problemas se encontraba en esos sucesos, que
toda su vida había estado resumida en lo ocurrido, pero, ¿por qué? Matt no lo
sabía y dudaba que alguien de su familia lo supiera. Tampoco se iba a molestar
en preguntarles porque, ¿de qué serviría? Si supieran algo no se lo dirían. Si
quieran que tuviera conciencia sobre esto ya se lo habrían dicho.
Lo averiguaría, de una forma u otra, pero lo
averiguaría. Eso sí, lo tendría que hacer solo. No podía confiar en nadie más
salvo en sí mismo.
Se levantó del sofá animado por primera vez
después de mucho tiempo. Miró al techo y respiró hondo. Tenía la intuición de
que había dado un pequeño paso, por insignificante que fuera, pero importante
para avanzar y encontrar una respuesta al por
qué de lo acontecido.
Comenzó a caminar de un lado a otro de la
habitación, con el ceño fruncido y con ambas manos metidas en los bolsillos del
pantalón. << ¿Por dónde debería empezar? >>, se preguntaba
constantemente, al mismo tiempo que se movía. Así estuvo durante al menos diez
minutos hasta que dio con la respuesta después de analizar detalle a detalle lo
sucedido estos últimos días…
…La
piedra. Ese extraño objeto que le entregó aquella misteriosa chica, la
misma chica de la visión que sufrió en casa de su amigo. Sabía con absoluta
certeza que la piedra era el pilar del tema, que era el inicio de la búsqueda.
Solo había un ligero problema: estaba en su antiguo cuarto, en el segundo piso
bajo su antigua cama, y Matt estaba encerrado en ese frío sótano y no tenía la
más remota idea de cómo podía salir de allí.
Su estómago comenzaba a ser un matojo de
nervios. Necesitaba encontrar la forma de subir y coger la piedra, era lo único
que podría ayudarlo a averiguarlo todo. Lo único que tenía al alcance de su
mano para descubrirlo.
Estaba desesperado, ya no sabía que prensar,
todo era muy extraño y confuso, nada tenía sentido. Parecía que su vida había
estado basada en mentiras, que había algo oculto que nadie sabía y si alguien
tenía conciencia de algo se había encargado a la perfección de ocultárselo.
Matt era consciente de que se estaba
aferrando a un clavo ardiendo, pero era lo que tenía y no se iría a la tumba
hasta descubrirlo, fuera lo que fuese. Lo tenía muy claro.




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